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Un español de Guadalajara

El abogado y presbítero don Santiago Martínez Sáez es tan español como mexicano, tan mexicano como español; las dos nacionalidades las vive y las siente tan profundamente que es difícil saber cuál es la frontera de una y de otra.


Como todo en la vida, hay de PLÁTICAS a PLÁTICAS, pues PLATICAR con el abogado y presbítero don Santiago Martínez Sáez es un privilegio humano, es un auténtico gozo espiritual y es un deleite intelectual.

Es un privilegio, porque don Santiago es un hombre, es todo un hombre que tiene, entre muchas facultades, la capacidad de reír, pero también la de indignarse ante la injusticia, ante la maldad, ante la antijuridicidad y ante la inmoralidad.

Es un auténtico gozo espiritual, porque don Santiago esté donde él esté, nunca olvida y siempre nos recuerda que es sacerdote y que lo es según el orden de Melquisedec; su sacerdocio nos lo hace presente con sus palabras, con sus obras y hasta con su atuendo; por ello, para todos es él simplemente el PADRE SANTIAGO.

Es un deleite intelectual, porque con don Santiago se puede tratar el tema que se le pegue a uno la gana y don Santiago para la bola como si estuviera en su preferido futbol, o esquiva el cuerpo como si estuviera en una gloriosa tarde de toros, de las que don Santiago goza en sus pocos ratos libres en algún televideo prestado, la pena es que a estas horas ya no le quedan ni unos cuantos minutos para dedicarlos a cascarear un llanecito futbolito.


Un castellano.


Por todo lo antes dicho y por todo lo antes sugerido, he de suponer que usted, sí, usted conoce o cuando menos ha oído hablar del Padre Santiago, quien por ahora trabaja como Capellán de la Universidad Panamericana, en donde el día se le acorta entre consejos y más consejos a los muchachos y entre clase y clase que imparte en las aulas de tan afamado centro cultural.

El poquísimo tiempo que le queda libre si es que le queda alguno, lo dedica a impartir conferencias, pláticas, retiros espirituales, confesiones, a escribir libros, a misa por aquí y misa por allá.

Debo decir que fuerte sector y sector fuerte del catolicismo ve en el padre Santiago no a un simple sacerdote, ni menos a un sacerdote simple, sino a todo un sacerdote forjado en las xxxxxx del Opus Dei y forjador incansable de opusdeistas.


En cuanto usted lo vea, sin saber que él es él, usted sabrá con certeza que esa persona es el Padre Santiago y lo sabrá porque saltan a la vista la persona y el personaje siempre vestido como deben vestir los sacerdotes, de riguroso negro, salvo la camisa y el alzacuello que remarcan su sacerdocio.

La verdad es que el padre se ve elegante con tal atuendo, a lo que hay que agregarle su natural, sobria elegancia de castellano puro.

El Padre es blanco con la blancura que se ve en los personajes del Entierro del Conde Orgaz, de El Greco, cada día que pasa peina menos cabello; su frente es amplia como corresponde a quien la ha usado, de cejas escasas, las que enmarcan unos pequeños ojos saltarines, los que se mueven para todos lados, halagan, regañan, acarician y convencen, y a quienes distancia una recta nariz, la que poco más y fuera aguileña, si bien más pequeña que grande.

La boca chica y armónica con los labios que son delgados como fina cuchillada; su hablar a la par que su temperamento, es rápido, nervioso, cintilante, eficiente.


Recuerdos de infancia.


Nos reunimos a PLATICAR—comer en el salón comedor para profesores de la Universidad Panamericana: a la mesa nos sentamos el padre Santiago, el ilustre abogado, pensador, maestro, periodista y escritor don Juan de la Borbolla, el abogado don Álvaro Ascencio Tene y un servidor.

En la PLÁTICA tenida supimos muchas cosas que no sabíamos, otras las confirmamos; las conclusiones fueron que el padre es español hasta las cachas, que de estatura debe tener como 1.70; que nació en Madrid, España, hace poco más de 65 años, lo de poco más debe entenderse por meses, no por años.

Que cumple años el 25 de julio, que su señor padre fue un médico dueño de un hospital y su señora madre una mujer dedicada a las labores del hogar.

Que don Santiago proviene de sangre de la Rioja, de la tierra donde se producen los mejores vinos de España, los de más cuerpo, los de mejor color y los de mejor sabor. Que fue él uno de cuatro hermanos.

Como todo buen niño español de familia respetable, don Santiago ingresó a la escuela cuando tenía siete años.

Su escuela estaba en el real colegio del Escorial, lugar donde se inició en los misterios de la filosofía de la literatura y de la historia, sus materias preferidas; como despreferido fue el engorroso latín.

Ya entrados en recuerdos, don Santiago recuerda que su primera comunión la hizo cuando a duras penas tenía XXX añitos; los que también recuerda y muy vivamente son a sus entonces personajes favoritos: Régulo, Alejandro, Cortés y otros más, todos ellos de la épica y por si fuera poco, sus calificaciones siempre fueron de 100 para arriba.

Terminando su bachillerato, don Santiago ingresó a estudiar derecho a Universidad Central de Madrid, a la escuela que en ese entonces estaba por la calle de San Bernardo, por donde abundan las librerías, muy en especial las librerías de libros viejos.

Sus mejores maestros, Federico Castro y Bravo, andaluz, civilista de primera; y, don Cicino Alvarez, maestro de derecho romano. Sus mejores amigos del cole, Fernando Díaz Sinbes y Pepe Morales, hoy sacerdotes.


El llamado


Don Santiago PLATICA que en cierta ocasión fue a una conferencia dictada por un teólogo católico hindú, pero sin saber aun ciertamente a dónde le podría conducir su eco; que un amigo de su padre le invitó a una reunión a una casa madrileña en la que ya se trataron los temas del Opus Dei, los que simplismo se reducen a: santidad, obediencia y sacrificio.

Don Santiago sintió tan fuerte el llamado que abandonó todo, en primer lugar su carrera y su futuro de abogado por el grito que le pedía santidad y más santidad, obediencia y más obediencia, sacrificio y más sacrificio.

Fue así como entró al Opus Dei, fue así como don Santiago ingresó a la Obra y tomó pasaje para Roma en donde estudió su carrera eclesial, en la famosa Universidad de San Juan de Letrán, pues aún no iniciaba sus trabajos la Universidad del Opus Dei, conocida como de la Santa Cruz.

Don Santiago coronó sus estudios con la tesis doctoral intitulada “La Libertad Política en la Doctrina de la Iglesia y su Pensamiento”; se le cumplió su deseo, que al ser ya sacerdote, el Opus Dei le destinara a un país donde se jugara futbol y en donde hubiera corridas de toros.

Para fortuna del neosacerdote fue destinado a México, país que llenaba sus dos peticiones hechas por el joven misacantano; por supuesto que don Santiago no ingresó a México como sacerdote, no, él entró como abogado, pues no olvidamos que en este país hemos vivido del cuento, con el cuento y para el cuento, menos mal que se principia a decirle a las cosas por su nombre en cuanto se refiere a la temática del artículo 130 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos.


Español de Guadalajara.


Cuando se dice que el padre llegó a México, así fue, pero más aún, llegó a la Ciudad de México destinado a servir en el Colegio Margarita de Escocia, en donde inició su carrera de director y conductor de espíritus, de conciencias y de ciencias.

De la Ciudad de México fue destinado a la de Guadalajara, lugar en el que ha dejado la mayor y mejor parte de su trabajadora y fecunda vida de sembrador de inquietudes, de escuchador de problemas, de consejero certero, de amigo sincero, de autor leído y de maestro cumplido.

El padre Santiago es tan español como mexicano, tan mexicano como español; las dos nacionalidades las vive y las siente tan profundamente que es difícil saber cuál es la frontera de una y de otra; de que es como es no hay la menor de las dudas, pues ante la pregunta de si no hubiera nacido en Madrid ¿en dónde le hubiera gustado haber nacido?, son Santiago presto responde que en Madrid.

De no vivir en Guadalajara, a él le gustaría vivir en esta Guadalajara; si hubiera sido pintor, le hubiera gustado, y mucho, haber pintado el famoso cuadro de La Meninas del sevillano Diego de Velázquez, si hubiera sido escultor se hubiera conformado con La Piedad, de Miguel Ángel, precisamente la que está en EL Vaticano.

Como el padre es tan vital, mucho le hubiera agradado haber compuesto una polonesa de las de Chopin; y por supuesto, ser amigo de don Juan Pablo II; como el padre ha sido autor de varios libros, todos ellos de suma importancia para el haber cultural de nuestra sociedad, la pregunta obligada es, ¿qué libro le hubiera gustado haber escrito y aún no lo ha hecho?

Don Santiago nos disparó de inmediato que el libro que le hubiera gustado, y mucho, haber escrito es nada menos ni nada más que la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino.


Nuestra incultura


Cuando en nuestra PLÁTICA incursionamos por los caminos de la cultura, don Santiago se lamenta el que en nuestra sociedad se esté tan ayunos de cultura en general y de cultura religiosa en particular.

Nuestra incultura se debe, nos dice el padre, al abuso de la educación laica, la que por ser tan laica olvida a como dé lugar a Dios.

Muy a pesar de lo anteriormente dicho el padre es testigo, de la más alta calidad, de que en la UP comulgan a diario muchos, muchos jóvenes, lo que demuestra que mientras haya cuando menos dos justos, la comunidad se salvará. Tarea a la que se dedica, de tiempo completo, el padre Santiago.


PLATICAR con don Santiago es un privilegio, más si en la PLÁTICA se escuchan las prudentes intervenciones del ilustre abogado y maestro don Juan de la Borbolla, quien con su inteligencia característica matiza conceptos y remacha ideas comunes.

Don Santiago en Guadalajara es para mí una especie de comisario de la cultura y de la espiritualidad; qué bueno que el padre vive entre nosotros y para nosotros: de todo corazón le deseamos larga vida para honor y gloria de Guadalajara.


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